Sobre la cultura asturiana

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El sentimiento asturiano está de moda. El mismo que eriza la piel cuando escuchamos Asturias en boca de Victor Manuel o cuando un Madrileño alaba nuestra tierra afirmando que si, se trata de un paraiso natural y que nuestras gentes, nuestra comida y paisajes cautivan corazones en medio mundo o cuando retazos de nuestra historia son recordados como verdaderas gestas. Incluso el sentimiento peca de volverse frívolo (así lo anticipaba Nuberu en su excelente canción “Ser asturiano”) sobredimensionando todo aquello que lleva nuestro sello corriendo el riesgo de empachar de sentimentalismo todo lo asturiano. Y no es para menos. Además de nuestro orgullo está nuestra representación: una chica de Ribadesella se casa con el hijo del Rey, un chaval oventense gana mundiales de formula 1 y los niños que organizaban partidos en el patio del colegio ahora lideran la élite del futbol español.

Todo este sentimiento que contagia corazones y traba amistad esconde una triste realidad. Como una guerra civil fraguada en el silencio, solamente pronunciar la palabra “bable” nuestro sentimiento se parte en dos, convirtiendo una disputa cultural en un encontronazo ideológico.

Para unos, adoptar una postura de apoyo no solo al asturiano sino a toda nuestra cultura sería como una mancha en su blanco e inmaculado estatus social, otros tuercen el gesto en una mueca de indiferencia: un “si pero no” y otros la defienden a muerte ataviados con pañuelos pakistanis mientras gritan “Oficialidá” en una manifestación.

Oficialidá, protección estatal o reconocimiento cultural a parte, el desprecio mas dramático se vive en el día a día de todos los asturianos. Aquel trabajador que siente un emotivo orgullo por su patria y luce sin rubor su acento de “chigre” asiste a una importante reunión de trabajo. En medio de trajes y buenos modales, en el momento de hablar decide tomar una dolorosa decisión: renuncia a su acento heredado por sus padres y abuelos adoptando una correcta entonación castellana. Es en ese momento donde el sentimiento asturiano se convierte en fachada. Donde nuestra cultura se banaliza con la actitud frívola de la moda pasajera. Es en ese momento donde el poco respeto, la dejadez o el pasotismo relegan al Principado de Asturias a la cola de las provincias con un fuerte sentimiento cultural. Los más dramático es que esta aptitud es tolerada sin impunidad e incomprensiblemente se acepta sin miramientos ¿Que tiene nuestra lengua que tanto nos ofende? ¿Por que la cultura de aldea, la abuela y la fabada nos saca los colores? ¿Ofenden las vacas bailarinas del famoso anuncio? Generalizar es injusto, pero el sentimiento hacía una cultura debe ser general si queremos que prevalezca.

El asturiano es un dialecto de origen asturleones acuñado como Bable en los círculos más cultos, aunque esta última nomenclatura adquirió un significado despectivo al ser el más usado por los sectores contrarios. Tan antiguo como el castellano, proviene del latín hablado en asturias, compartiendo el mismo origen que todas las lengüas del norte (excepto el vasco). Aunque su origen es sólido, lo importante no es de quién venga, lo que importa es que el tiempo la ha querido conservar a nuestro lado formando parte del linaje cultural y sobreviviendo hasta nuestros días, y hoy, donde todo se devora como en un burger, la conservación de este legado peligra por sus gentes.

La oficialidad podría ser una solución, si, pero burocrática. No necesitamos papeles para respetar el arenal de Rodiles, ni San Julián de los Prados, ni tampoco los Lagos de Covadonga. Nos vasta con saber que es algo nuestro y por lo tanto es necesario preservarlo. De la misma forma nuestra lengua se merece el mismo respeto; defender el asturiano no es alinearse con un partido político, ni tatuarse una estrella roja en el pecho. No es vestir con una montera picona ni pregonar a los cuatro vientos nuestra fe en la cruz de la victoria.

Nuestra lengua no es un nuevo impuesto ni un real decreto. Es un monumento por el que sentirse orgulloso.

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